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MALDITO CONSENSO

De las posiciones que veníamos a defender en la última entrega sobre la república (Tiempo de República),  dos han parecido suscitar una muy cierta oposición: la cuestión del consenso en política y la cuestión de la irrelevancia o no de qué sistema, monarquía o república, se adopte para que se desarrolle una democracia y no una oligarquía partitocrática. En realidad, el análisis de ambas cuestiones es susceptible de terminar derivando en otra común: el posibilismo, que, como es sabido, comparte fronteras con el relativismo, en el cual se transforma cuando degenera yéndose más allá de los límites –más allá de esas fronteras– de lo razonable.  Trataré de rebatirle la primera cuestión –la del consenso– y dejaré la segunda para mejor ocasión por cuestiones de espacio. 

Atendiendo a lo menor en primer lugar, convendría aclarar lo que ya se indicó en la anterior entrada sobre qué sentido se le otorgaba a la palabra consenso y, concretamente, por qué se señalaba al mismo como una de las causas de la actual situación política, además de ser una práctica cuestionable por sí misma al tratarse potencialmente de una renuncia a principios básicos. Quizás lo que ocurra es que cuando algunos hablan de “consenso” y lo defienden, otros pensamos en el término “acuerdo”, y si este fuese el sentido, también yo lo defendería, y de esta manera no habría divergencias, pero me temo que no es este el caso. Mientras un acuerdo supone un convenio, y por lo tanto una convergencia de lo que es común, un consenso es un acto de consentimiento o condescendencia, o ambas cosas a la vez, de tal manera que aquel no supone una renuncia y este sí. Cuando no hay renuncia porque de lo que se trata es de descubrir los puntos de convergencia y trabajar conjuntamente a partir de los mismos, no hay peligro de  abandono de principios irrenunciables, los cuales, para quienes creemos en la existencia de los mismos –y por lo tanto nos alejamos del relativismo por… principio, claro es, y cuanto más, mejor–, deben ser siempre salvaguardados, aun a riesgo de ser descalificados como dogmáticos en arteramente hábil maniobra dialéctica a menudo utilizada por quienes habitan cómodamente en el mundo en el que cualquier postura es revisable a conveniencia. 

Desde este punto de vista puramente semántico, la confusión entre ambos términos, “acuerdo” y “consenso”, ha terminado haciéndolos idénticos cuando en realidad no lo son puesto que, para empezar, uno engloba al otro. Pero además, mientras que al concepto “acuerdo” ni antes ni ahora se le ha asignado un plus a la hora de ser apreciado, al consenso sí, de manera que algunos pretenden hacernos creer que consensuar viene a ser un ejercicio de generosidad laudable, cuando lo es más bien de seguras cesión y renuncia de algo a cambio de algo. Y yendo un paso más allá, se ha convertido en intransigentes y dogmáticos a quienes discuten la conveniencia de ese aprecio. 

Una vez definido el término y parte de sus consecuencias, cabe precisar, además, que ese consentimiento y esa renuncia a determinadas posiciones puede ser  de dos tipos: sobre cuestiones revisables o sobre cuestiones de principio. El juego político deja de ser aceptable, en mi opinión, cuando el consenso alcanza a cuestiones de principio, y, por su propia esencia, ese juego político ha de ser aceptado –¡no nos queda otro remedio!– cuando no traspase esos límites. La cuestión, obviamente, es cuándo se entiende que se han traspasado esos límites, momento en el cual se ha iniciado una renuncia a principios no negociables. Desde mi punto de vista, tanto la derecha como la izquierda renunciaron a cuestiones de principio, de manera que en ambos casos se produjo una traición a sí mismos. Y yo no entro, porque me resulta irrelevante dado que las ucronías son tan gratuitas como inútiles, en qué hubiera ocurrido de haber mantenido sus posturas de principios ambos lados. Pero sí conviene aclarar que quienes alaban y entiende la transición como un brillante ejercicios de elusión de un enfrentamiento civil olvidan, quizás sin quererlo, que entre ese hipotéticamente inevitable enfrentamiento de no haber consensuado los protagonistas y ese consenso traicionero, existía un abanico de posibilidades intermedias, como era la de ofrecer a los ciudadanos la posibilidad de elegir opciones. Y esto nos lleva, terminado de exponer lo adjetivo, a lo sustantivo de la entrada anterior. 

Independientemente de todo lo anterior, a efectos de lo que se trataba en esa entrada sobre la república, lo que se pretendía decir es que la cuestión del consenso, con lo acertado y relevante que podamos considerar lo dicho en los anteriores párrafos, tenía importancia no tanto por su esencia general como por lo que supuso el mismo en la transición concretamente. Porque, asumidas las posturas  posibilistas –o directamente relativistas, según quién las valore–, resulta que ese consenso supuso un hurto al derecho a elegir de los ciudadanos, que vieron cómo se les imponía un sistema político cerrado, que era la monarquía parlamentaria –que no democrática– de partidos, con la inevitable degeneración hacia la oligarquía que la misma  conlleva por definición y que es lo que sufrimos hoy en su más tenebroso esplendor.  

Por pura lógica, cuando hay condescendencia, consentimiento y renuncia, que es lo que supone un consenso, también hay, para quienes así actúan, alguna compensación. Personalmente, uno ya no cree en las hadas madrinas, y mucho menos en política. Para los políticos de la transición, la compensación fue crear un sistema que les permitía la permanencia indefinida al tratarse de un régimen cerrado de carácter endogámico, sin división de poderes, sin representatividad y controlados por los partidos, que es decir por ellos mismos: el estados se conforma para elegirse a sí mismo de manera indefinida; la nación, se limita a votar cada cuatro años lo que le dan hecho. Y era desde este punto de vista desde el que en la anterior entrada se rechazaba aquel consenso, y no en los términos que se han podido interpretar, aunque, bien mirado, las anteriores precisiones nos ha proporcionado la ocasión de exponer las razones por las que el consenso, ahora más en abstracto, es un término bajo sospecha cuando menos. De esta manera, lo que en la anterior entrada era lo sustantivo –cómo el consenso supuso una substracción del derecho de elección de los ciudadanos-, en esta se queda en lo adjetivo, siendo lo principal hoy lo que inicialmente se presentaba como menor, es decir, definir y colocar bajo sospecha uno de esos términos cuyo significado se ha prostituido, en este caso como ejemplo de bondad cuando, en realidad, lleva una carga francamente peligrosa. No es el único maltratado: tolerancia, dogmatismo, mediación… serían otros buenos ejemplos sobre los que acotar significados. En otra ocasión, quizás.

COMENTARIOS [0]
[ Lunalia ] ha dicho:
03-07-2014

¿Cuales son en España hoy, para los políticos,incluyéndolos a todos,los principios innegociables?

Por mucho que me esfuezo en buscarlos, no los encuentro.

Después del 11M todo es podredumbre.

[ NickAdams ] ha dicho:
02-07-2014

Muchas veces he discutido sobre el daño que causan ciertos términos creados por los gurús del eufemismo político y que luego repiten tontos, semi-tontos y cuasi-listos.

Ahora ha entrado otra en la lista: "transversal". Pregundad por ella al gurú de Rosita Díez ( a ella no se le habría ocurrido, por supuesto), pero ya oí hoy a una diputada del PP utilizarla.

Dicho esto, excelente entrada de bg_rules.

[ wh ] ha dicho:
02-07-2014

Al menos es algo positivo que se estén levantando ya unas cuantas voces alertando del peligro de Podemos. 

Creo, como Sostres, que el programa de Podemos es irrealizable, pero me temo que si lo les paramos a tiempo podrán intentarlo - al menos de boquilla, que es de lo que se trata siempre con estos rojos amantes de la buena vida - si toman el poder. Y eso sí que lo veo posible si se mantiene la situación actual.

[ bg_rules ] ha dicho:
02-07-2014

Aquí, una visión de la pesadilla que se nos viene encima, además de la declaración de independencia de los catalanes, en cuanto nos descuidemos. Responsables: los sinvergüenzas oligarcas que nos llevan gobernando cuatro décadas.

[ cr7 ] ha dicho:
02-07-2014

Interesante punto de vista. Creo que me ha convencido. Me gustaría que lo leyera Rajoy.

[ wh ] ha dicho:
30-06-2014

Imprescindible el certero y claro artículo de Federico Jiménez Losantos en LD: "¿Puede Podemos llegar al Poder?"

[ pezuco ] ha dicho:
30-06-2014

 

Para mi todo esto a lo que tan magníficamente alude bg_rules, viene de la degradación moral que padecemos. No hay modelos de conducta que no sean los que se ven en la telebasura.

La clase política es una casta social que apesta. La transición, otrora tan elevada a los altares, se está descubriendo como una filfa que no resolvió nada, sino que escondió los problemas debajo de la alfombra.

El relativismo-posibilismo lo inunda todo. Nada es moralmente bueno o malo, sino relativamente mejorable.

De la desesperanza de unos, del hartazgo de otros y de la ignorancia de la mayoría analfabeta surge el fenómeno Podemos, algo tan despreciable como bochornoso para un país que se dice serio.

¿Y que hace la derecha liberal española? pues eso, poco, nada... al fin y al cabo no tomar decisiones ya es una decisión.

 

[ wh ] ha dicho:
30-06-2014

Muy interesante entrada con la que, una vez más, coincido. 

Es importante que todos reflexionemos, sin prejuicios, sobre la delicada situación de la España de hoy. El "síndrome Podemos" es un ejemplo claro de cuánto daño ha provocado en gran parte de la población esta partitocracia monárquica que ha terminado siendo la consecuencia de la transición: hay algunos tan hartos del régimen actual y tan ignorantes del peligro que supondría un castro-chavista como Iglesias en el poder que están dispuestos a encomendar su alma a un diablo rojo.