[ TIRAD SOBRE EL PIANISTA ]

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EL JARDÍN DE LOS FINZI-CONTINI

Mis mujeres de cine - 10.

Por algún motivo que sólo Freud sabe, no puedo recordar el año en que vi por primera vez El Jardín de los Finzi-Contini, aunque sí tengo muy claro que no fue antes de 1976, pues ese fue el año de producción de La herencia Ferramonti,  que fue mi primer encontronazo de peso con Dominique Sanda, aunque no realmente el primerísimo, pues todo parece indicar que no me impresionó lo suficiente como para tarjetearla de dorado eterno en el thriller de Phillipe Labro Sin móvil aparente, mi  verdadera primera cita formal con la que luego sería, para siempre, Micol Finzi-Contini.  Sin embargo, en el papel de la ambiciosa y, al final, fracasada Irene Ferramonti -una mala que estaba muy buena- me convenció de tal modo que, luego, ni su lamentable aparición en el bodrio  Cabo Blanco, que intentaba ser un remake de Casablanca, la hizo descender en mi  arbitrario ranking.  

Pero volvamos a los Finzi-Contini, al amplio jardín de judíos italianos de clase alta que vivían en la encantadora Ferrara de los durísimos años treinta. La película –basada en una novela homónima de Giorgio Bassani- comienza en 1938, justo cuando el régimen fascista de Mussolini lanzó las primeras leyes anti-judías. Uno de los mayores aciertos de la película es lo bien que retrata ese miedo permanente que provocan todas las dictaduras, reflejándolo, sobre todo, en la conducta de los protagonistas principales, un grupo de amigos, judíos y arios, que ven cómo se van alterando sus bien concertados  destinos en la misma medida que aumenta la represión anti-semita.   La historia que nos narra Vittorio de Sica, el director -pues Bassani ha dicho que sólo le gustaron realmente los últimos diez minutos de la cinta-, es, ante todo, una historia de amor no correspondido que el incierto futuro de sus protagonistas, provocado por la situación política y social de Italia, convierte en una historia casi paradigmática.  Los personajes principales son cinco: cuatro judíos y un comunista que, como todos ellos, presume orgulloso de los obreros, pero lo que en realidad le gusta es vivir como los ricos Finzi-Contini  y, al menos, vía sexual, lo intenta. Sus nombres son: Micol, claro, la estrella a la que todos adoran;  Giorgio, el enamorado no correspondido, traicionado por la derecha y por la izquierda;  Bruno Malnate, el comunista al que todos estiman; Alberto, el hermano de Micol, el que introduce a Bruno en el grupo de amigos y que muere antes de tiempo consumido por una innombrada enfermedad y su amor no confesado por Malnate; y, por último, un personaje del que no recuerdo el nombre, puesto que es, simplemente, el padre de Giorgio. Es, sin embargo, este carácter el que, con la perspectiva que dan los años, me parece el más importante de la película y el único que, presintiendo lo que se les viene encima, logra, al menos, salvar a su familia del funesto campo de concentración que les está destinado.

La historia arranca con la excursión, voluntariamente hecha en bicicleta (¡Ay, Carmena! ¡Ay, Carmena!), del grupo de amigos hacia el exclusivo jardín de los Finzi-Contini y su pista de tenis.  La razón de la apertura de la pista a todos los amigos es una sana reacción de los Finzi-Contini a la expulsión de los judíos del Club de Tenis de Ferrara y el pretexto perfecto para reproducir otro reencuentro entre Micol y Giorgio, más que amigos desde la niñez, y el primer cara a cara, del que ambos toman nota pero que pasa desapercibido para los demás, entre Micol y Bruno Malnate.  El único misterio de la película –al menos para mí y para el bueno de Giorgio-, encantador y perturbador al mismo tiempo,  es el carácter impredecible de Micol; cariñosa más allá de los límites de la amistad con el pobre Giorgio al que, sin embargo, contiene y rechaza con una crueldad muy femenina cuando este,  confundido por lo que cree que son señales de amor, intenta besarla o, simplemente, acariciarla. Es como si ella tuviera un presentimiento oscuro –que en la película desvela, medio en serio y medio en broma, su hermano Alberto tras una sesión de “espiritismo” judío- respecto a su futuro del que, por puro amor, quisiera apartar a Giorgio.  Esa fue la interpretación, generosa, que yo me ofrecí en los años setenta; ahora me parece que puedo aceptar la literalidad del diálogo que finalmente ella sostiene con Giorgio para darle el no rotundo y definitivo que el desnortado enamorado no quiere aceptar: “Hacer el amor contigo sería como hacerlo con un hermano.”  Y luego, quizás para consolarlo, para atenuar un poco el dolor que sabe que está provocando, añade: “Tu y yo no somos gente normal.  Para nosotros, más que la posesión de las cosas, lo que cuenta es el recuerdo de las cosas, la memoria.” Y ahí no tengo más remedio que ser “micoliano”: ahora doy más valor a los recuerdos; entonces los fabricaba. 

Giorgio, destruido, deprimido por el fracaso de su relación y cada vez más temeroso de su futuro, pues ya lo han echado de la biblioteca pública a donde iba a preparar su tesis, decide entablar amistad con Bruno Malnate para, al menos por vía indirecta, estar al tanto de la vida de Micol. Por otra parte, su padre, que oportunista e ingenuamente se había afiliado al partido fascista y, como los propios Finzi-Contini, había contribuido a financiarlo, luego de ser expulsado comienza a preparar el camino para salvar a su familia, y envía a su segundo hijo a estudiar a Francia. Giorgio, sin ocupación y sin Micol, se ofrece de intermediario para sacar dinero de Italia y ponerlo en manos de su hermano. Sólo el que ha vivido en una dictadura –y la Cuba de los setenta era como una isla cárcel- puede entender la emoción que siente el  joven  italiano al cruzar, en tren, la frontera con Francia. Allí, ya en país libre, se enterará de la existencia de los campos de concentración nazis gracias a un alemán que pudo librarse del mismo luego de aceptar –y él lo reconoce-, por cobardía, que se había convertido al nazismo. Nunca se me olvidarán las palabras del ex-prisionero para comentar la ignorancia de Giorgio sobre lo que ocurría en Alemania y que entonces pude adaptar cómodamente a la situación que vivíamos – y viven- los cubanos: “En Italia no se sabe nada. Es difícil pensar cuando no se sabe nada.”

Giorgio, a pesar de la insistencia de su hermano para que se quede, regresa a Ferrara. Allí está Micol; allí está lo que más le importa en la vida. Y como a ella no puede acercarse, lo hace a Malnate, visitante frecuente del jardín de los Finzi-Contini.  Una noche, luego de un paseo por la ciudad,  Bruno le dice a Giorgio que lo han reclutado forzosamente para el ejército, que lo único que desea es que no le manden a Rusia y que está cansado y se vuelve a casa. Giorgio le desea suerte y, como el recuerdo de Micol no le abandona, decide hacer un recorrido nocturno por los alrededores del jardín del que tantas buenas imágenes tiene de su amada. Se detiene, como siempre,  en la parte del muro donde, desde que eran niños, hablaba con ella y, cuando se iba a marchar, descubre la roja –los gustos son los gustos- bicicleta de Malnate y, entonces, ya no puede contenerse más:  se sube al muro,  encuentra la escalera que le han puesto a su amigo para ayudarle a descender y corre hacia la casa esperando ver lo que no quiere ver. La casa está muy iluminada, pero no puede entrar, no tiene justificación alguna, y entonces ve a Jor, el enorme perro de Nicol, de guardia junto a la puerta de la casita de madera cercana a la residencia principal de la familia. Se acerca… y asistimos entonces a una de las escenas –para mí-del selecto grupo de las inolvidables: Micol, desnuda  y despierta junto a Malnate, también desnudo, pero dormido. Ella se percata de la presencia de Giorgio, se miran y entonces la muchacha, como para que no queden dudas de sus intenciones y para que la humillación del joven sea completa, enciende la luz para que la escena quede todavía más clara para él. Será,  ellos entonces no lo saben, la última vez que se miren a los ojos.

Giorgio se vuelve a casa ya muy tarde en la noche y se tira, vestido,  en la cama donde se lo encuentra su padre, que también, aunque por otras razones, había salido a dar un paseo. La conversación que se produce entre el padre y el hijo es otra de las escenas que se quedan grabadas en la memoria.  El padre le pregunta por la relación con Micol, y Giorgio confiesa que está definitivamente acabada, y el personaje que interpreta Romolo Valli intenta animarle con una frase lapidaria: “Si en la vida quiere uno entender las cosas, debe morir, al menos, una vez”.  Giorgio asiente, sabe que esa primera vez ya le ha tocado, está muerto…pero será, al final, el único sobreviviente. Alberto morirá de su enfermedad y será esa la última vez que Giorgio verá a su amada Micol; Bruno Malnate morirá en Rusia peleando contra sus hermanos ideológicos; la casualidad hará que el padre de Giorgio vaya en el mismo grupo que Micol y su abuela al campo de concentración donde terminarán sus días.

No más de ochenta años han transcurrido de los hechos que narra la historia y en Europa  se está viviendo una crisis que es mucho más que económica; estamos viviendo una terrible crisis generacional y cultural donde la ira y el odio se desbordan por doquier. No sabemos si terminaremos en un conflicto como el de entonces, pero el miedo a que algo similar ocurra lo tenemos muchos. Los partidos y las organizaciones extremistas, por la derecha y por la izquierda, se están multiplicando en Europa, y también sus seguidores, con el agravante de que tenemos al frente de Occidente a una de las clases políticas más ineptas y corruptas de la historia y a muchos “jodíos” ingenuos que están financiando y promoviendo a los extremismos pensando que ellos, los poderosos ricos, se irán de rositas; justo lo mismo que pensaron los Finzi-Contini.

COMENTARIOS [0]
[ bg_rules ] ha dicho:
15-10-2016

Desconocía completamente la película -intentaré encontrarla para verla- que nos comenta hoy wh, en esta serie de mujeres de cine que hacía tiempo no aparecía por el blog y que, sinceramente, ya se echaba de menos. ¡Ya era hora!

[ NickAdams ] ha dicho:
15-10-2016

Esta peli no la conozco, wh, pero me la anoto, pues lo la historia que cuentas me ha tocado el heart...aunque supongo que al Zapata de Carmena le importará una higa y la mandará al cenicero. ¡Es lo que tenemos y lo que se nos viene encima!