[ LUCES DE CHAMARTÍN ]

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SOMOS UN EQUIPO HUMILDE, Y II

Según lo prometido, o amenazado, aquí estoy de vuelta con la famosa humildad. Si la semana pasada me quejaba de los malos usos que se le está dando al palabro, hoy vengo a declarar que, usada y definida propiamente o no, se pueden quedar ustedes toda la humildad del mundo, que yo no la quiero.

Decía Aristóteles que en el justo medio está la virtud, y que todos los defectos son en realidad virtudes en exceso. En efecto, no se me ocurre ninguna virtud que, llevada hasta sus últimas consecuencias, no se convierta en un defecto, o cuando menos en un impedimento a la felicidad. Estoy hablando, por supuesto, de virtudes en el sentido estricto de la palabra, no de dones o cualidades. Por ejemplo, ser generoso u honesto son virtudes, pero ser buen futbolista o inteligente, no. De este modo, es difícil encontrarle el lado malo a ser buen futbolista o a ser extremadamente inteligente, pero ser demasiado generoso o demasiado honesto te puede meter en muchos problemas, y no me voy a extender en esto porque aquí no hay ningún tonto. El Demiurgo me libre de poner en entredicho al Estagirita o a Kant acerca de la virtud, y tampoco voy a hablar de la felicidad, porque cada uno tiene su propia definición de la misma.

En lo que sí voy a meter la cuchara, y probablemente la pata, es en el Progreso, así, con mayúsculas, como lo escribían los positivistas decimonónicos, y jamás adjetivado como lo usa ahora la izquierda, o si quieren, en la Civilización o la Humanidad, también con mayúsculas, como gustan los gabachos, siempre tan racionalistas ellos. Voy a plantear que la Humanidad jamás hubiera llegado más allá de los Cien Metros Lisos Perseguido Por Mamut si hubiéramos sido humildes o incluso medio-humildes, como proponía el susodicho Aristóteles.

El motor del Progreso siempre ha sido, y siempre será, la arrogancia. Si alguno lo quiere llamar “seguridad en sí mismo”, me parece muy bien, pero, en mi opinión, son discusiones bizantinas, o más pueblerino, sobre si seis o media docena. Lo de la Torre de Babel está muy bien, pero la Humanidad ha avanzado siempre a golpe de individuos o grupos que se creen mejor que los demás, que ven cosas que nadie más ve y que pueden llegar donde nadie ha llegado antes. Por supuesto que la inmensa mayoría de los que así sienten acaban quemados por brujos o ahogados en un océano ignoto, pero de entre todos estos arrogantes han salido nuestros Galileos y Colones. 

En estos tiempos de poderosísimos ordenadores que pueden realizar cualquier simulación matemática propuesta y por proponer, la Ciencia avanza relativamente sobre seguro y con escaso riesgo, pero no siempre ha sido así. Hasta hace no mucho, la Ciencia dependía del genio de algún individuo más que de un progreso sólido y constante, y ¿qué es, sino arrogancia, el pretender ver o entender algo que nadie había visto o entendido hasta entonces? Alguno dirá que los científicos tampoco perdían nada por probar y que no necesariamente estaban convencidos de tener éxito, pero acordémonos de exploradores, revolucionarios o conquistadores. Estos sí que perdían el cuello si les salía mal el primer intento, sin ensayos ni convocatoria de septiembre.  ¿Qué es, sino arrogancia llevada al extremo, embarcarse en un cascarón y seguir el caminar del sol, que decía el ahora proscrito Pemán, cuando cuarenta generaciones de paisanos no habían hecho más que navegar de cabo a cabo por el Mediterráneo?

Al igual que la arrogancia individual ha auspiciado todos los avances de la Humanidad, también la arrogancia colectiva ha sido la condición necesaria, aunque no suficiente, para la aparición de todas las grandes civilizaciones e imperios que en la Historia han sido. La Historia la escriben los vencedores, por supuesto, y el primer historiador, Herodoto, nos hablaba de la “arrogancia” de Darío y Jerjes contra el “amor por la libertad” de los, sus, griegos, pero, ¿qué llevó a atenienses y espartanos, en guerra permanente y secular, a unirse contra los persas, sino el racismo extremo? Ningún país ha llegado jamás a nada importante sin creerse mejor que, y por tanto con Derecho Divino a imponer su manera de ver las cosas a, los demás, y el que crea que exagero, que se lea a Tito Livio o a Kipling, o que hable más de cinco minutos con un estadounidense. Sin olvidarme, por supuesto, del primer imperio mundial que vieron los tiempos, véase Bernal Díaz del Castillo o el mismo Quevedo, por ejemplo. Alguien podría argumentar, como Harry Turtledove, que nos hubiera ido mejor si los persas hubiesen ganado en Salamina, pero hoy, con ser extremadamente interesante el debate, no va de eso. Nuestro mundo es el que es, y es así gracias a, o por culpa de, la arrogancia de griegos, romanos, españoles, ingleses o gringos. 

En un sentido más general, también el progreso económico y social tiene como motor último la arrogancia. No nos engañemos, hace ya décadas que cualquier trabajador occidental tiene sus necesidades básicas y las de su familia cubiertas y bien cubiertas, pero todos seguimos poniendo empresitas, todos seguimos intentando ascender, todos seguimos haciendo horas extras. De lo que se trata no es de comer, sino de poder vacilarle a los colegas de que has ido a “El Bulli”, ni de no dormir debajo de un puente, sino de tener una casa de seis dormitorios y ocho baños para poder invitar al pelagatos de tu cuñado y ponerle los dientes largos. A nadie le hace falta un Mercedes, y si nadie de nuestro entorno tuviera uno, seríamos tan felices yendo en Metro. Y el caso es que las letras del Mercedes son muy caras, y con el sueldo no nos llega. “¿Y si procurásemos ascender en la empresa? ¡Uy, no, hay que ser humilde, qué voy a saber yo que no sepa Fulanito, que lleva treinta años en la empresa sin ascender!” “¿Y si pusiéramos un negociete resultón? ¡Quita, quita, que a Fulanita le salió muy mal la tienda de regalos, y no nos vamos a creer nosotros más listos que Fulanita!”. Bueno, ya saben por dónde voy, ¿verdad?

Para concluir, y una vez que hemos divagado sobre futesas, hablemos de lo que importa, es decir, de fútbol, y más concretamente del único club del mundo por el que merece la pena desgastar el teclado, el Real Madrid. Hasta nuestros peores enemigos reconocen que la principal virtud del Madrid es su Fe -porque la Virtud Teologal es la del Madrid, no la del Catecismo- en la victoria, y eso no es otra cosa más que arrogancia, señoras y señores. Cierto es que esa misma arrogancia nos ha granjeado enemigos sin cuento, sobre todo en España, que, como decía D. Santiago, es un país de envidiosos, pero qué quieren que les diga, me como todos los cánticos de “Así, así, así gana el Madrid” que me quieran servir si vienen con guarnición de Copas de Europa.

Resulta que al final, y a pesar de mi promesa, sí que he acabado enmendándole la plana a Aristóteles y su término medio, pero para mí que ese cuento no se lo creía ni él. Al fin y al cabo, su más famoso discípulo, Alejandro Magno, ese mismo que se enzarzó contra el Imperio Persa con cuatro hoplitas y que fundó ciudades con su nombre, no parece que residiera en el término medio entre arrogancia y humildad, precisamente. No sé cómo me atrevo, debe de ser que me falta humildad.

COMENTARIOS [0]
[ bg_rules ] ha dicho:
26-08-2016

Interesante artículo que, en realidad y de forma paradójica –o no–, invita a hacer lo que en un momento determinado degrada, que es eso de meterse en discusiones de si seis o media docena. Entrar en valoraciones sobre la arrogancia (y tantos otros conceptos más o menos abstractos) requiere previamente acotar su significado, o el significado que uno le confiere al término, al menos. Dejar los límites de ese término difusos puede ser, a mi modo de ver, el producto de un error, aunque también podría tratarse de la hábil maniobra para poder reflexionar libremente y sin ataduras, con la consecuente ventaja de poder bordear contradicciones o incurrir directamente en ellas y, a la vez, tener un punto de anclaje (que sería la propia indefinición en la que se mueve la reflexión) que lo justifique.

Por eso, al contrario que ALMP, yo prefiero entrar a delimitar el término según lo entiendo yo, y digo que la arrogancia tiene que ver con la introspección, siendo arrogante quien, sabiéndose mejor que los otros, no tiene preocupación por que no se note. El arrogante sería el contrario de la falsa modestia. En realidad, creo que la arrogancia es una característica pasiva porque nace de la soberbia y, como bien apunta ALMP, tiene que ver con la seguridad en uno mismo. Por eso creo que ALMP se equivoca (o seguramente no, no se equivoca, sino que más bien juguetea a sabiendas y después de haberse preparado adecuadamente el terreno, como decía antes) cuando, hablando del proceso económico y social, asocia y humildemente creo que confunde la arrogancia –recordemos: hija de la soberbia– con la petulancia, hija de la vanidad. Al arrogante, creo yo, le importa una higa que su vecino le vea o no llegar en un Ferrari, simplemente disfruta del coche a su aire y básicamente le importa un bledo ser o no envidiado.

Dado que el Real Madrid es el club más grande y con más títulos y que la arrogancia necesita, para manifestarse, nutrirse precisamente de éxitos (en caso contrario pasaría a ser un imposible o un ridículo), parece lógico que nuestro querido club sea visto –y debidamente odiado– como un dechado de arrogancia insoportable.  El madridismo, borracho de éxito, nada en la abundancia del Ferrari y proyecta comprarse un Lamborghini; los demás, nos miran con envidia, eso que nosotros no podemos sentir porque somos los mejores.

[ pezuco ] ha dicho:
25-08-2016

 

Acertadísima la entrada de ALMP, que como bien señala Wh, no es para tomarse al pie de la letra, sino para "saborear" el mensaje. Y efectivamente, ni el RM es un club humilde, ni nunca ha pretendido serlo, salvo quizá en esta etapa "flojentimiana".

A mi también me importa tres pepinos que nos tengan envidia, nos llamen prepotentes o despertemos odios entre la chusma antimadridista, peor para ellos si es así, y mejor para nosotros. Lo que sí me fastidia es que el discurso "jumilde", buenista y jodidamente antimadridista cale entre cierto sector de seguidores merengues.

Y por eso tal vez sea madridista de cuna, "Tengo gustos simples, me satisfago con lo mejor".

 

 

P.D. Ya lo dijo The Big Mou: "No es fácil ser el mejor en tu profesión, pero puedes intentarlo, o al menos tratar de superarte a ti mismo".

[ wh ] ha dicho:
25-08-2016

No sé si ALMP me lo agradecerá o se cagará en mis muertos pero luego de leer esta entrada que tanto me ha gustado tengo ganas de ejercer el papel de exégeta...bueno, de exégeta light, sin cafeína, sin azúcar.  Y lo digo porque quien se tome al pie de la letra todas las afirmaciones que en él se hacen, y que tienen un poso de sabiduría innegable, errará con la misma rotundidad que lo hizo su defendido -por ALMP, claro- Ramos en aquel penalti galáctico ante Bayern. La genialidad del texto radica en que es una bien documentada provocación que nos hace pensar, sobre todo, en el tan valorado equilibrio. Esta apología de la arrogancia vista desde su sinonimia más positiva: valentía, gallardía, es la que le permite cerrar, enlazando, elegante y poéticamente, la arrogancia con la humildad, esas reconocidas virtudes que adornan al club de fútbol más grande de la historia, ese que forjó el virtuoso arrogante irrepetible que se llamó Santiago Bernabéu.

Y ahora que aparezcan los que se lo toman todo al pie de la letra y, puntillosamente, empiecen a enmendarle la plana al blogger. Será divertido.

[ NickAdams ] ha dicho:
25-08-2016

Espero que no se cansen ni ALMP, ni bg_rules, y tampoco wh, que metió la cuchara en el pote y sigan dando mandobles sobre la capitanía del Cantaor. Mandobles como los que daba el gran Don Santiago que ilustra muy bien la gran entrada de ALMP de hoy.

¡Nuestra humildad nos hizo el club más grande del siglo XX!