[ LUCES DE CHAMARTÍN ]

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MIEDO

Nuestros padres vivieron sin miedo. Con miseria, al menos durante los años 40, puede; sin lujos y trabajando como condenados, seguro; otros muchos, en fin, tuvieron que dejar su tierra para buscarse la vida en el extranjero, pero ninguno vivió con miedo. No, no va de política, no vengo a criticar, y ganas no me faltan, los embustes del Cuéntame, queriendo hacer creer a los jóvenes de hoy en día que a todo el mundo le habían matado a sus padres los falangistas y que la gente lloraba de miedo durante la cena. No estoy hablando de miedo al gobierno o a la policía, ni tampoco del miedo a andar por la calle con un reloj de oro, o a volver de vacaciones y encontrarte tu casa llena de gentuza, y que nuestros padres nos cuentan que con Franco no se pasaba.

Estoy hablando del miedo al futuro. Nuestros padres podrían estar pasándolas bastante canutas en un momento dado, pero todo el mundo, quien más quien menos, confiaba en que, trabajando duro, mañana sería mejor que hoy. Nuestros padres se pasaron su adolescencia soñando con lo que serían o con lo que tendrían, de adultos, sus veintenas ahorrando para el pisito y el seiscientos, y sus treintenas haciendo números para el apartamentito en Benidorm y el SEAT 124. Por supuesto, nadie dice que todo el monte fuera orégano, aun deslomándose a trabajar, muchos jamás llegarían al apartamentito en la playa, pero a nadie se le pasaba por la cabeza tener que desandar camino, acabar peor de lo que se empezó. El orden lógico y natural de las cosas, una verdad evidente que nadie cuestionaba, era que las cosas, más deprisa o más despacio, siempre irían a mejor, y que nosotros, los hijos, disfrutaríamos de una vida mucho más acomodada que la que tuvieron nuestros padres.

Pues resulta que no. Muchos os habéis hecho treintañeros en casa de vuestros padres, y no precisamente por gusto. Otros os habéis independizado, pero no podéis ni soñar con que os concedan una hipoteca que acabaríais de pagar tres días antes de jubilaros, cuando vuestros padres tenían sus casas pagadas antes de cumplir los 40. Otros muchos, en fin, después de mirar con alivio -¡menos mal que no soy de uno de esos países, pobre gente!- a las cajeras ecuatorianas del Mercadona durante nuestros años universitarios, nos hemos tenido que ir a buscar el futuro lejos de casa, a ser los ecuatorianos del Mercadona. 

Nosotros sí tenemos miedo. Miedo a pifiar la selectividad, miedo a no poder entrar en una carrera buena, miedo a no encontrar trabajo, miedo a no poder pagar un alquiler, miedo a no poder mantener unos hijos, miedo a no poder pagar la hipoteca. Miedo de no poder dar a nuestros hijos lo que nuestros padres nos dieron a nosotros, miedo de que los susodichos hijos no nos quieran mantener cuando seamos ancianos, porque desde luego la Seguridad Social no lo hará, y, sobre todo, miedo a que lo que tengamos, sea mucho o poco, no nos dure siempre.

La evolución preestablecida de las cosas ya no es la mejora continua, el “progreso” que se decía antes, cuando “progreso” significaba descubrir una vacuna o ponerle alumbrado eléctrico a una calle, y no subir los impuestos al 55% y decir “miembros y miembras”. Nuestra generación, más que mirar hacia delante con esperanza, mira hacia atrás con nostalgia, y cuando mira hacia delante lo hace con aprensión. La mayoría de los jóvenes, como no podía ser de otra manera, salimos adelante como buenamente podemos, y, muchas veces sin comprender muy bien las causas de la situación, nos adaptamos a ella lo mejor que sabemos, pero hay una minoría muy significativa que está afrontando la nueva situación de una manera radicalmente diferente. 

Estoy hablando, por supuesto, de los indignados. Desde España hasta Alemania, desde el Reino Unido hasta Grecia, Europa está llena de jóvenes indignados, y no lo entrecomillo ni pongo en mayúscula porque nuestros perroflautas caseros no son más que una de las muchas manifestaciones de un fenómeno que ni apareció en, ni es exclusivo de, España. Los indignados han crecido creyéndose con derecho inalienable a la serie de canonjías, prestaciones y condiciones que han visto recibir a sus mayores, pero obviando el trabajo con el que se consiguieron; ahora que las ven peligrar, cuando no desaparecer, reaccionan como niños mal criados cuando se les arrebata un juguete.

Y claro, como buenos niños, la culpa siempre es del “otro”. Nosotros no somos responsables de absolutamente nada, no estamos haciendo nada mal y por tanto no tenemos nada que cambiar ni que mejorar. Toda la culpa es del “otro”, y lo de menos es que ni siquiera sepamos definir muy bien a ese “otro”: lo importante es nuestra exención de responsabilidad.

En el Norte de Europa, el “otro” suele ser el más obvio, el extranjero. Hablando de lo que conozco (Inglaterra), todos los días se ven hordas de quinceañeras con dos críos, uno de cada color, y que vivirán toda su vida de la beneficencia estatal sin trabajar un solo día, echar la culpa de todo a los “extranjeros que nos quitan el trabajo”, y según ellas, la sanidad y los servicios públicos son una porquería porque, supuestamente, están colapsados de inmigrantes. Claro, es evidente que, sin inmigrantes, el sistema es perfectamente sostenible a base de inútiles autóctonos con seis críos pero sin trabajo.

Oigan, igual, si un extranjero sin papeles, sin contactos y chapurreando el idioma les quita un trabajo, ¿han considerado la posibilidad de que los que no valen ni para hacer la “o” con un canuto son ustedes? ¿Se han parado a analizar su propia ética de trabajo o, más bien, su falta de ella? ¿Han considerado que lo mismo que puede venir un pakistaní a quitarles un trabajo, ustedes tienen medio mundo a su disposición para hacer lo mismo? No, qué va, berrear es más fácil que pensar, y agitar una bandera, cuando no directamente agitar a un inmigrante, es más fácil que ponerse, por ejemplo, a estudiar un idioma. Todo se solucionará, por arte de magia, el día en el que no se concedan más permisos de residencia, y los escoceses, por cierto, a quienes tanto les gusta acusar de cerrazón racista a los ingleses, no son mejores. También en Escocia se resolverá todo, milagrosamente, el día en el que haya una raya al otro lado del Tweed, o del Ebro, o del que sea, son todos iguales.

En el Sur de Europa, por razones en las cuales ya profundizaremos la semana que viene, al “otro” culpable de todo no lo buscamos entre los inmigrantes, sino en “los mercados”, “los bancos”, y, en general, entre “los fascistas”, quienes, al decir del rojerío, son abundantísimos en España a pesar de que a Falange no la vote ni el gato.

Superficialmente, pudiera parecer que las reacciones viscerales, porque el calificativo de “ideas” les queda muy grande, que se dan en el Sur de Europa son radicalmente diferentes de las que se están produciendo en el Norte, pero en realidad son síntomas diferentes de la misma enfermedad. Tampoco en el Sur los jóvenes analizan por qué no tienen trabajo, y también en el Sur se buscan soluciones milagrosas, instantáneas y que no requieren esfuerzo alguno. En este caso, se supone que si “el capital” repartiese esas fortunas que supuestamente se está llevando crudas a Suiza, todos viviríamos felices, con un mogollón de pasta y sin currar demasiado.

Hombre, puestos a elegir, prefiero la solución sureña. En principio, comprar mi felicidad eterna a cambio de hacerle la puñeta a cuatro banqueros gordos y despiadados es mejor solución que cerrarle la oportunidad de una vida mejor a un somalí muerto de hambre, dónde va a parar. El problema es que tanto la una como la otra son sendas falacias como la Sala de Trofeos del Real Madrid C. de F. de grandes, pero, a diferencia de esta, sin nada de sustancia dentro. Ambos pataleos no son más que la consecuencia lógica del desasosiego en el que viven tantos jóvenes, confusos y desorientados en un mundo cambiante y desprovisto de las seguridades con las que crecimos.

Ya lo decía mi filósofo de cabecera, que no es otro que el Maestro Yoda. El miedo lleva a la ira y la ira lleva al odio. Tanto da que sea odio al negro que odio al banquero, porque ni el negro ni el banquero tienen culpa de nada, y, sobre todo, porque si el odio al negro lleva a Le Pen, Jorg Haider o Nigel Farage, y posiblemente a Auschwitz, el odio al banquero, por mucho que, a priori, parezca más inofensivo, lleva a Pablo Iglesias, Maduro, Castro, Largo Caballero y, en última instancia, al gulag.

COMENTARIOS [0]
[ Pailán ] ha dicho:
14-10-2016

 

Excelente reflexión del gran ALMP, que pone el listón muy alto. El último párrafo es, sencillamente, demoledor y es un extraordinario cierre de una faena redonda y muy bien hilvanada. Por ponerte un pero, querido amigo, esto que escribes y que te copio a continuación no es español, sino jerga administrativa gringa (tampoco es inglés) que hemos incorporado sin quererlo:

"...una de las muchas manifestaciones de un fenómeno que ni apareció en, ni es exclusivo de, España."

Me permito sugerirte una redacción más, digamos, ortodoxa:

"...una de las muchas manifestaciones de un fenómeno que no apareció en España ni es exclusivo de nuestro país"

Ya ves, pejigueras que es uno con esto de la lengua, nuestro mayor tesoro.

[ pezuco ] ha dicho:
13-10-2016

 

Efectivamente, ALMP lo ha expuesto meridianamente claro, incita al odio, busca chivos expiatorios a quien culpar de tus desgracias y triunfarás. 

En España tenemos un ejemplo para ilustrar todo esto: PODEMOS. La misma batalla interna que tienen los pseudocomunistas liberticidas no es siquiera ideológica, sino formal. ¿Meter miedo a la gente e ir abiertamente y a cara descubierta a la Venezuela.2  ó disimular, aparentar socialdemocracia para atraer votos más centrados?.

Todo derecho implica en reciprocidad un deber, como toda libertad que se obtenga debe tener una obligación y estar delimitada. Aquí y ahora sólo cuentan los derechos, las libertades y cualquiera que lo contradiga es tachado cuanto menos de reaccionario o fascista. ¿Dónde está el derecho y respeto a pensar diferente a lo políticamente correcto?.

 

P.D. Que algunos suspiran por instaurar aquí el Gulag no lo duda nadie que no esté ciego o no quiera verlo. La dictadura del proletariado la llamaron en su día, hoy quizá fuera más descriptivo tildar esa basura como la dictadura coletuda.

 

[ wh ] ha dicho:
12-10-2016

El tema de la entrada de ALMP da para mucho, y ya él mismo promete una segunda parte la próxima semana, así que, esperando por ella me voy a limitar una de las cosas que, en mi opnión, más daño ha hecho a las generaciones educadas -¡ojo!- en este llamado "estado de bienestar", a las que se les ha intoxicado con una interpretación muy sesgada del concepto de "libertad", olvidando, a propósito, la justa contrapartida a la misma, que es la responsabilidad. Mientras esta tendencia no cambie -y nadie en política está trabajando porque así sea- no veo posible que mejore la calidad de vida de los hijos con respecto a sus padres...sin olvidarnos que, como bien apunta ALMP en su párrafo final, la decepción trasmutada en odio y en ira puede llevarnos a una situación muy similar a la que se vivió apenas ochenta años atrás. Y algunos, no lo olvidemos tampoco, ven en esa confrontación su "solución".

[ Marcus48 ] ha dicho:
12-10-2016

No podías haber elegido un tema mejor para este día tan especial. ¡Bravo!

[ NickAdams ] ha dicho:
12-10-2016

El último párrafo resume la situación actual perfectamente, complementado perfectamente por el montaje: si no reaccionamos y despertamos nos asaltarán por los extremos derecho e izquierdo que, al final, son prácticamente lo mismo.

[ portega ] ha dicho:
12-10-2016

Magnífica reflexión, ALMP. 

Hoy te has salido.